La desprincesa Sukimuki
y su marido el príncipe Kinoto se casaron y se fueron del palacio a una
estancia muy grande y cómoda. Ella todas las mañanas iba con su esposo a
caminar por los campos de la estancia que tenía árboles de manzana, durazno,
naranjas. Disfrutaban de su libertad, porque no tenían que cumplir órdenes de
nadie. Eran muy felices, almorzaban a orillas del río y dormían la siesta en el
pasto suave y verdoso. Así transcurrían sus días.
Por Mónica Aranda
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