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lunes, 20 de noviembre de 2017




Era septiembre fiesta del estudiante. Hernán había hecho una apuesta con sus compañeros. Llegó el día, “¡ojo con la apuesta!”, se escuchó...
Se pueden imaginar lo que pasó… Hernán, un pibe brillante, repulsivo, deslumbrante y hasta corrompido, no controlaba lo que hacía. Sólo dejaba salir lo que su corazón sentía. De hecho, nunca pudo olvidar...
Ahí frente el pizarrón delante de todos, le entregó su bolsita o escapulario a ella, Eugenia, la señorita, turbada, con los ojos grandes y pintados ridículamente de azul, una delatadora y lamentable profesora de Literatura, que un día no tan cualquiera salió del salón de clases llevándose para siempre las rimas, leyendas y su aroma a alcanfor...


Cristina Gil





domingo, 19 de noviembre de 2017




Unos pocos días antes del 21 de septiembre, Hernán y sus compañeros hicieron la apuesta, él puso en práctica su crueldad, sin importarle el daño que le haría a la Srta. Eugenia. Antes de la apuesta habían pasado muchas cosas, a Hernán, sin darse cuenta, algo le había pasado con ella, quizás su forma de ser, su inocencia a pesar de su edad. Lo atraía, hasta que las cosas se fueron dando. Hasta que él se enamoró de ella y lo mismo sintió ella por él. Hubo mucha pasión, él con sus jóvenes dieciocho años y ella con sus cuarenta y tantos años se sentía una adolescente. Pasaron muchos momentos juntos, ellos se amaban de verdad. Pero la felicidad no duraría para siempre porque la apuesta tenía que cumplirse. Se acercaba el día. Esa última noche que estuvieron juntos, sin que ella se diera cuenta él sacó de su cuello su protección, su escapulario. Los rayos de sol tocaron el rostro de Hernán, se levantó rápidamente y dio un beso suave en la boca de su amada y se marchó, para verla ese mismo día en la escuela Nacional. Sería su gran día, no quería cumplir la apuesta porque sabía que rompería el corazón de la Srta. Eugenia, su relación se terminaría, él no sabía qué hacer, pudo más lo que pensaban los cuarenta muchachones que lo que sentía por ella. Se abrió la puerta del aula donde estaban sus compañeros con miradas burlonas. Él, con un sus pasos lentos, colgó la protección de la Srta. Eugenia en el pizarrón, como si fuera un trofeo. La mirada desconcertada, sus ojos pintados de azul se abrieron espantados, salió corriendo del aula. Casi sin aliento después de esa traición. Encontraron en su casa a la Srta. Eugenia, con sus venas cortadas, sin vida. Cómo olvidar ese día.


Final inventado por Mónica Aranda





miércoles, 8 de noviembre de 2017




Mi final alternativo del relato de Abelardo Castillo "Hernán" 
por Jacinta Choque.

El día de los estudiantes, en el patio de la escuela, mis compañeros vieron a la señorita Eugenia hablar con mis padres acerca de cómo era yo, a la vez los felicitaba por el desempeño que tenía en literatura. Cada vez que ella hablaba de mí, me miraba de una forma rara. De pronto me guiñó un ojo de manera picaresca, sin temor a que mis amigos la vieran hacer esas tonterías. A tal punto me llegó a molestar mucho su forma de actuar, sin importar que la vieran.
Él pensó que debía seguirle la corriente, porque podría sospechar que algo raro pasaría si no le respondía sus insinuaciones. La apuesta seguiría adelante sin importar realizarle esta tremenda canallada a la señorita Eugenia.
Por esto, sin pensarlo, él la invitó a caminar por el Parque Sarmiento. Los amigos murmuraban burlonamente entre ellos, la pobre infeliz cayó en los brazos de Hernán. Antes de irse por completo le dice a uno que estaba por ahí:
- Prestáme las llaves del auto.
Y me fueron prestadas. Le dije que me esperara detrás del parque, porque quería invitarla a un lugar que era súper especial para mi.
-Hernán
-¿Qué quieren?-pregunté
Y me dijeron la apuesta, ojo con la apuesta, y yo les dije que sí, que si me acordaba.
Recuerdo que al salir de ahí, mi corazón estaba angustiado porque iba a destrozar los sentimientos de una persona dulce, y a la cual yo he tratado de confundir con mis acciones. Qué hacer, ahí estaba sentadita esperándome a que llegara por ella.
La invité a las sierras para que viera el atardecer, ella sabía que estaba haciendo mal, pero no le importó porque había sido feliz aunque sea un momento. La miré a los ojos, y fui sincero con la señorita Eugenia. Le conté que todo esto había sido un juego pero no sé en que momento esto cambió. Le dije que todos me veían como un héroe y un ganador. Al principio fue así pero la inocencia e ingenuidad que tenía la señorita le hizo cambiar de parecer. Le dije que la admiraba mucho porque tiene un corazón muy grande pero estaba confundido con lo que sentía.
Me acuerdo que me miró fijamente y me dio las gracias. Y sinceramente no entendía por qué, si le conté que iba a cometer la peor de las canalladas y cuando fuera al otro día todos se enterarían de que la apuesta había sido concluida.
Entonces me dijo de vuelta: "Gracias. Gracias por no romperme el corazón". Me confesó que ella también había pensado que estaba viviendo un cuento de fantasía, y que se sentía alagada porque un joven la veía como una mujer y no como todos la llamaban "la vieja".
Ella lo entendió y le dijo que mañana cuando entren al aula, él cuelgue esta bolsita como trofeo de que la apuesta había sido cumplida. Y ella pediría el traslado a otro colegio para evitar comentarios maliciosos.
Y así fue, al otro día hice lo que habíamos dicho y todos en el salón me felicitaron y pedían que contara con detalles cómo lo había pasado. Y yo respondí: "la apuesta la hice y no voy a divulgar lo que hice".

                                   FIN.....

Gracias profesora Erika por incitarme a expandir mis habilidades de redactar y buscar cómo uno puede llegar a cambiar un final muy drástico a uno no tanto.


Jacinta Choque.





domingo, 5 de noviembre de 2017




Hernán con su ironía e hipocresía y con el afán de cumplir la burda apuesta de conquistar a la Srta. Eugenia escribiéndole cartas y citas de Bécquer, sabiendo de su debilidad por el poeta. Ella no sabía de dicha apuesta, de la cual nunca se olvidarían. Esa mañana entró a clase, como si fuese su primer día, tímida y expectante, miró el pizarrón y vio, miró a Hernán, y ante la mirada de cuarenta muchachones se llevó la mano al pecho. Allí estaba su especie de escapulario, una bolsita con olor alcanfor que llevaba siempre consigo. Solo giró y se dirigió a la salida. Solo se escuchó un mar de carcajadas, que quedó resonando en los pasillos del colegio Nacional. A las pocas horas encontraron a la Srta. Eugenia ahorcada en el cuarto de su casa.
Me atrevo a contarlo ahora porque ha pasado el tiempo. Nunca nadie olvidó a la Srta. Eugenia.


Por Graciela Campos





viernes, 3 de noviembre de 2017

Final del cuento HERNÁN de Abelardo Castillo

Y así fue como la apuesta tomó vida y se convirtió en realidad…

Hernán se paró como siempre. La Señorita Eugenia se preparó para escuchar una lección especialmente preparada para ella imaginándola más pausada y cadenciosa después de lo sucedido.

Esto no ocurrió, Hernán con paso firme y actitud de ganador no se dirigió a ella sino al pizarrón.

Allí pego en el medio y para la vista de todos nosotros la última carta que le había enviado la Señorita Eugenia, prueba irrefutable de haber aceptado un encuentro en su casa.

En el hecho quedaron plasmados  la inteligencia, audacia, crueldad e insensibilidad de Hernán que fue condecorada con el hurtado “escapulario de la Señorita Eugenia” y la vulnerabilidad de una persona que sólo cometió  el pecado de enamorarse de uno de sus alumnos.


                                                                            Adriana Rolando





“Hernán”, de Abelardo Castillo

Me atrevo a contarlo ahora porque ha pasado el tiempo y porque Hernán, lo sé, aunque haya hecho muchas cosas repulsivas en su vida, nunca podrá olvidarse de ella: la ridícula señorita Eugenia, que un día, con la mano en el pecho, abrió grandes los ojos y salió de clase llevándose para siempre su figura lamentable de profesora de literatura que recitaba largamente a Bécquer y, turbada, omitía ciertos párrafos de los clásicos y en los últimos tiempos miraba de soslayo a Hernán.
Quiero contarlo ahora, de pronto me dio miedo olvidar esta historia. Pero si yo la olvido nadie podrá recordarla, y es necesario que alguien la recuerde, Hernán, que entre el montón de porquerías hechas en tu vida haya siempre un sitio para ésta de hace mucho, de cuando tenías dieciocho años y eras el alumno más brillante de tu división, el que podía demostrar el Teorema de Pitágoras sin haber mirado el libro o ridiculizar a los pobres diablos como el señor Teodoro o hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia que guardaba violetas aplastadas en las páginas de Rimas y leyendas y olía a alcanfor.
Ella llegó al Colegio Nacional en el último año de mi bachillerato. Entró a clase y desde el principio advertimos aquella cosa extravagante, equívoca, que parecía trascender de sus maneras, de su voz, lo mismo que ese tenue aroma a laurel cuyo origen, fácil de adivinar, era una bolsita colgada sobre su pecho de señorita Eugenia, bajo la blusa. Ella entró en el aula tratando de ocultar, con ademanes extraños, la impresión que le causábamos, cuarenta muchachones rígidos, burlonamente rígidos junto a los bancos, y cualquiera de los cuarenta debía mirar a la altura del hombro para encontrar sus ojos de animalito espantado. Habló. Dijo algo acerca de que buscaba ser una amiga para nosotros, una amiga mayor, y que la llamáramos señorita Eugenia, simplemente. Alguien, entonces, en voz alta –lo bastante alta como para que ella bajara los ojos, con un gesto que después me dio lástima–, se asombró mucho de que todavía fuera señorita, yo me asombré mucho de que todavía fuera señorita y los demás rieron, y ella, arreglando nerviosamente los pliegues de su pollera, fue hacia el escritorio. Al levantar los ojos se encontró con todos parados, mirándola. No atinó sino a parpadear y a juntar las manos, como quien espera que le expliquen algo, y cuando torpemente creyó que debía insinuarnos "pueden sentarse", nosotros ya estábamos sentados y ella reparó por primera vez en Hernán. Él se había quedado de pie, tieso, se había quedado de pie él solo. Y en medio del silencio de la clase, dijo:
–Yo –dijo pausadamente– soy Hernán.
Esto fue el primer día. Después pasaron muchos días, y no sé, no recuerdo cómo hizo él para darse cuenta: acaso fue por aquellas miradas furtivas que, al llegar a ciertos párrafos de los clásicos, la señorita Eugenia dirigía hacia su banco, o acaso fue otra cosa. De todos modos, cuando se lo dijeron ya lo sabía. "Me parece que la vieja...", le dijeron, y Hernán debió fingir un asombro que jamás sintió, puesto que él lo había adivinado desde el comienzo, desde que la vio entrar con sus maneras de pájaro y su cara triste de mujer sola; porque Hernán sabía que ella se inquietaba cuando él, acercándose sin motivo, recitaba la lección en voz baja, íntima, como si la recitara para ella.
–Este Hernán es un degenerado.
Te admiraban, Hernán.
–Pobre vieja, te fijaste: ahora se le da por pintarse.
Porque, de pronto, la señorita Eugenia que leía a Bécquer empezó a pintarse absurdamente los ojos, de un color azulado, y la boca, de pronto comenzó a decir cosas increíbles, cosas vulgares y tremendas acerca de la edad, la edad que cada uno tiene, la de su espíritu, y que ella en el fondo era mucho más juvenil que esas muchachas que andan por ahí, tontamente, con la cabeza loca y lo que es peor -esto lo dijo mirando a Hernán de un modo tan extraño que me dio asco-, lo que es peor, con el corazón vacío.
–A que sí.
Ya no recuerdo con quién fue la apuesta, recuerdo en cambio que pocos días antes del 21 de septiembre surgió, repentina y gratuita, como un lamparón de crueldad. Y fue aceptada de inmediato, en medio de ese regocijo feroz de los que necesitan embrutecer sus sentimientos a cualquier costo porque después, más adelante, está la vida, que selecciona sólo a los más aptos, a los más fuertes, a los tipos como él, como Hernán, aquel Hernán brillante de dieciocho años que podía demostrar teoremas sin mirar el libro o componer estrofas a la manera de Asunción Silva o apostar que sí, que se atrevería -como realmente se atrevió la tarde en que, apretando como un trofeo aquella cosa, esa especie de escapulario entre los dedos, pasó delante de todos y fue lentamente hacia el pizarrón-, porque los que son como vos, Hernán, nacieron para dañar a los otros, a los que son como la señorita Eugenia.
–A que no.
–Qué apostamos –dijo Hernán, y aseguró que pasaría delante de todos, de los cuarenta, e iría, lentamente, hacia el pizarrón–. Para que aprenda a no ser vieja loca –dijo.
Pero antes de la apuesta habían pasado muchas cosas, y yo ahora necesito recordarlas para que Hernán no las olvide. Hubo, por ejemplo, lo de las cartas. Siempre supo escribir bien. Desde primer año había venido siendo una suerte de Fénix escolar, fácil, capaz de hacer versos o acumular hipérboles deslumbradoras en un escrito de Historia. Pero aquella primera carta (a la que seguirían otras, ambiguas al principio, luego más precisas, exigentes, hasta que una tarde en el libro que te alcanzó la señorita Eugenia apareció por fin la primera respuesta, escrita con su letra pequeña, redonda, adornada con estrafalarias colitas y círculos sobre la i) fue una obra maestra de maldad. Yo sé de qué modo, Hernán, con qué prolijo ensañamiento escribiste durante toda una noche aquella primera carta, que yo mismo dejé entre las páginas de las Lecciones de Literatura Americana un segundo antes de que el inequívoco perfume entrase en el aula, ese vaho a laurel cuyo origen era una bolsita blanca, de alcanfor, colgada al cuello de la señorita Eugenia, junto al crucifijo con el que sólo una vez tropezaron unos dedos que no fuesen los de ella.
No respirábamos. Hernán tenía miedo ahora, lo sé, y hasta trató de que ella no tomase el libro. La mujer, extrañada, levantó el papel que había caído sobre el escritorio, un papel que comenzaba por favor, lea usted esto, y después de unos segundos se llevó temblando la mano a la cara; pero en los días que siguieron, cuando encontraba sobre el escritorio los papeles doblados en cuatro pliegues, ya no se turbaba, y entonces empezó a decir aquellas insensateces vulgares acerca de la edad, y del amor, hasta que el propio Hernán se asustó un poco. Sí, porque al principio fue como un juego, tortuoso, procaz, pero en algún momento todo se volvió real y, una tarde, estaba hecha la apuesta:
–Delante de todos, en el pizarrón –dijo Hernán.


final del cuento escrito por Abelardo Castillo: 

El Día de los Estudiantes, en el Club Náutico, todos pudieron verlo bailando con la señorita Eugenia. Ella lo miraba. Lo miraba de tal manera que Hernán, aunque por encima de su hombro hizo una mueca significativa a los otros, se sintió molesto. Tuvo el presentimiento de que todo podía complicarse o, acaso, al oír que ella hablaba de las cosas imposibles ("hay cosas imposibles, Hernán, usted es tan joven que no se da cuenta") pensó que se despreciaba. Pero ese día la apuesta había sido aceptada y uno no podía echarse atrás, aunque tuviera que hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia, que aquella tarde llevaba puesto un inaudito vestido, un jumper, sobre su blusa infaltable de seda blanca. Por eso, sin pensarlo más, él la invitó a dar un paseo por los astilleros, y los otros, codeándose, vieron cómo la infeliz aquella salía disimuladamente, seguida por su ridículo perfume a alcanfor y seguida por mí, que antes de salir le dije a alguno:
–Préstame las llaves del coche.
Y me fueron prestadas, con sonrisa cómplice, y cuando yo estaba saliendo, con el estómago revuelto, oí que alguien pronunciaba mi nombre:
–Hernán.
–Qué quieren –pregunté.
Y me dijeron la apuesta, ojo con la apuesta, y yo dije que sí, que me acordaba. Como me acuerdo de todo lo que ocurrió esa tarde, en los galpones, contra un casco a medio calafatear, y de todo lo que ocurrió al otro día, en el Nacional, cuando ante la admirada perplejidad de cuarenta muchachones yo caminé lentamente hacia el pizarrón apretando entre los dedos esa cosa, esa especie de escapulario, como un trofeo. Y me acuerdo de la mirada de la señorita Eugenia al entrar en la clase, de sus ojos pintados ridículamente de azul que se abrieron espantados, dolorosos, como de loca, y se clavaron en mí sin comprender, porque ahí, en la pizarra, había quedado colgada, balanceándose todavía, una bolsita blanca de alcanfor.