sábado, 4 de noviembre de 2017




Por Jacinta Choque
Este escrito lo elegí porque como dice el poema la creación es hermosa porque es el ciclo de la vida. Uno nace, crece y muere. Pero esto no termina acá porque vuelve todo al comienzo. Gracias y espero que les guste mi selección.

“La creación” de EDUARDO GALEANO

La mujer y el hombre soñaban que dios los estaba soñando.
Dios lo soñaba mientras cantaba y agitaba sus maracas.
Envuelto en humo de tabaco, se sentía feliz y también estremecido por la duda y el misterio.
Los indios Makiritare saben que si dios sueña con comida, fructifica y da de comer. Si dios sueña con la vida. Nace y da nacimiento.
La mujer y el hombre soñaban que en el sueño de dios aparecía un gran huevo brillante. Dentro del huevo. Ellos cantaban y bailaban y armaban mucho alboroto, porque estaban locos de ganas de nacer. Soñaban que en el sueño de dios la alegría era más fuerte que la duda y el misterio; y dios, soñando creaba, y cantando decía:
Rompo este huevo y nace la mujer y nace el hombre. Y juntos vivirán y morirán. Pero nacerán nuevamente. Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán. Nunca dejaran de nacer. Porque la muerte es mentira.






viernes, 3 de noviembre de 2017

Final del cuento HERNÁN de Abelardo Castillo

Y así fue como la apuesta tomó vida y se convirtió en realidad…

Hernán se paró como siempre. La Señorita Eugenia se preparó para escuchar una lección especialmente preparada para ella imaginándola más pausada y cadenciosa después de lo sucedido.

Esto no ocurrió, Hernán con paso firme y actitud de ganador no se dirigió a ella sino al pizarrón.

Allí pego en el medio y para la vista de todos nosotros la última carta que le había enviado la Señorita Eugenia, prueba irrefutable de haber aceptado un encuentro en su casa.

En el hecho quedaron plasmados  la inteligencia, audacia, crueldad e insensibilidad de Hernán que fue condecorada con el hurtado “escapulario de la Señorita Eugenia” y la vulnerabilidad de una persona que sólo cometió  el pecado de enamorarse de uno de sus alumnos.


                                                                            Adriana Rolando





“Hernán”, de Abelardo Castillo

Me atrevo a contarlo ahora porque ha pasado el tiempo y porque Hernán, lo sé, aunque haya hecho muchas cosas repulsivas en su vida, nunca podrá olvidarse de ella: la ridícula señorita Eugenia, que un día, con la mano en el pecho, abrió grandes los ojos y salió de clase llevándose para siempre su figura lamentable de profesora de literatura que recitaba largamente a Bécquer y, turbada, omitía ciertos párrafos de los clásicos y en los últimos tiempos miraba de soslayo a Hernán.
Quiero contarlo ahora, de pronto me dio miedo olvidar esta historia. Pero si yo la olvido nadie podrá recordarla, y es necesario que alguien la recuerde, Hernán, que entre el montón de porquerías hechas en tu vida haya siempre un sitio para ésta de hace mucho, de cuando tenías dieciocho años y eras el alumno más brillante de tu división, el que podía demostrar el Teorema de Pitágoras sin haber mirado el libro o ridiculizar a los pobres diablos como el señor Teodoro o hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia que guardaba violetas aplastadas en las páginas de Rimas y leyendas y olía a alcanfor.
Ella llegó al Colegio Nacional en el último año de mi bachillerato. Entró a clase y desde el principio advertimos aquella cosa extravagante, equívoca, que parecía trascender de sus maneras, de su voz, lo mismo que ese tenue aroma a laurel cuyo origen, fácil de adivinar, era una bolsita colgada sobre su pecho de señorita Eugenia, bajo la blusa. Ella entró en el aula tratando de ocultar, con ademanes extraños, la impresión que le causábamos, cuarenta muchachones rígidos, burlonamente rígidos junto a los bancos, y cualquiera de los cuarenta debía mirar a la altura del hombro para encontrar sus ojos de animalito espantado. Habló. Dijo algo acerca de que buscaba ser una amiga para nosotros, una amiga mayor, y que la llamáramos señorita Eugenia, simplemente. Alguien, entonces, en voz alta –lo bastante alta como para que ella bajara los ojos, con un gesto que después me dio lástima–, se asombró mucho de que todavía fuera señorita, yo me asombré mucho de que todavía fuera señorita y los demás rieron, y ella, arreglando nerviosamente los pliegues de su pollera, fue hacia el escritorio. Al levantar los ojos se encontró con todos parados, mirándola. No atinó sino a parpadear y a juntar las manos, como quien espera que le expliquen algo, y cuando torpemente creyó que debía insinuarnos "pueden sentarse", nosotros ya estábamos sentados y ella reparó por primera vez en Hernán. Él se había quedado de pie, tieso, se había quedado de pie él solo. Y en medio del silencio de la clase, dijo:
–Yo –dijo pausadamente– soy Hernán.
Esto fue el primer día. Después pasaron muchos días, y no sé, no recuerdo cómo hizo él para darse cuenta: acaso fue por aquellas miradas furtivas que, al llegar a ciertos párrafos de los clásicos, la señorita Eugenia dirigía hacia su banco, o acaso fue otra cosa. De todos modos, cuando se lo dijeron ya lo sabía. "Me parece que la vieja...", le dijeron, y Hernán debió fingir un asombro que jamás sintió, puesto que él lo había adivinado desde el comienzo, desde que la vio entrar con sus maneras de pájaro y su cara triste de mujer sola; porque Hernán sabía que ella se inquietaba cuando él, acercándose sin motivo, recitaba la lección en voz baja, íntima, como si la recitara para ella.
–Este Hernán es un degenerado.
Te admiraban, Hernán.
–Pobre vieja, te fijaste: ahora se le da por pintarse.
Porque, de pronto, la señorita Eugenia que leía a Bécquer empezó a pintarse absurdamente los ojos, de un color azulado, y la boca, de pronto comenzó a decir cosas increíbles, cosas vulgares y tremendas acerca de la edad, la edad que cada uno tiene, la de su espíritu, y que ella en el fondo era mucho más juvenil que esas muchachas que andan por ahí, tontamente, con la cabeza loca y lo que es peor -esto lo dijo mirando a Hernán de un modo tan extraño que me dio asco-, lo que es peor, con el corazón vacío.
–A que sí.
Ya no recuerdo con quién fue la apuesta, recuerdo en cambio que pocos días antes del 21 de septiembre surgió, repentina y gratuita, como un lamparón de crueldad. Y fue aceptada de inmediato, en medio de ese regocijo feroz de los que necesitan embrutecer sus sentimientos a cualquier costo porque después, más adelante, está la vida, que selecciona sólo a los más aptos, a los más fuertes, a los tipos como él, como Hernán, aquel Hernán brillante de dieciocho años que podía demostrar teoremas sin mirar el libro o componer estrofas a la manera de Asunción Silva o apostar que sí, que se atrevería -como realmente se atrevió la tarde en que, apretando como un trofeo aquella cosa, esa especie de escapulario entre los dedos, pasó delante de todos y fue lentamente hacia el pizarrón-, porque los que son como vos, Hernán, nacieron para dañar a los otros, a los que son como la señorita Eugenia.
–A que no.
–Qué apostamos –dijo Hernán, y aseguró que pasaría delante de todos, de los cuarenta, e iría, lentamente, hacia el pizarrón–. Para que aprenda a no ser vieja loca –dijo.
Pero antes de la apuesta habían pasado muchas cosas, y yo ahora necesito recordarlas para que Hernán no las olvide. Hubo, por ejemplo, lo de las cartas. Siempre supo escribir bien. Desde primer año había venido siendo una suerte de Fénix escolar, fácil, capaz de hacer versos o acumular hipérboles deslumbradoras en un escrito de Historia. Pero aquella primera carta (a la que seguirían otras, ambiguas al principio, luego más precisas, exigentes, hasta que una tarde en el libro que te alcanzó la señorita Eugenia apareció por fin la primera respuesta, escrita con su letra pequeña, redonda, adornada con estrafalarias colitas y círculos sobre la i) fue una obra maestra de maldad. Yo sé de qué modo, Hernán, con qué prolijo ensañamiento escribiste durante toda una noche aquella primera carta, que yo mismo dejé entre las páginas de las Lecciones de Literatura Americana un segundo antes de que el inequívoco perfume entrase en el aula, ese vaho a laurel cuyo origen era una bolsita blanca, de alcanfor, colgada al cuello de la señorita Eugenia, junto al crucifijo con el que sólo una vez tropezaron unos dedos que no fuesen los de ella.
No respirábamos. Hernán tenía miedo ahora, lo sé, y hasta trató de que ella no tomase el libro. La mujer, extrañada, levantó el papel que había caído sobre el escritorio, un papel que comenzaba por favor, lea usted esto, y después de unos segundos se llevó temblando la mano a la cara; pero en los días que siguieron, cuando encontraba sobre el escritorio los papeles doblados en cuatro pliegues, ya no se turbaba, y entonces empezó a decir aquellas insensateces vulgares acerca de la edad, y del amor, hasta que el propio Hernán se asustó un poco. Sí, porque al principio fue como un juego, tortuoso, procaz, pero en algún momento todo se volvió real y, una tarde, estaba hecha la apuesta:
–Delante de todos, en el pizarrón –dijo Hernán.


final del cuento escrito por Abelardo Castillo: 

El Día de los Estudiantes, en el Club Náutico, todos pudieron verlo bailando con la señorita Eugenia. Ella lo miraba. Lo miraba de tal manera que Hernán, aunque por encima de su hombro hizo una mueca significativa a los otros, se sintió molesto. Tuvo el presentimiento de que todo podía complicarse o, acaso, al oír que ella hablaba de las cosas imposibles ("hay cosas imposibles, Hernán, usted es tan joven que no se da cuenta") pensó que se despreciaba. Pero ese día la apuesta había sido aceptada y uno no podía echarse atrás, aunque tuviera que hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia, que aquella tarde llevaba puesto un inaudito vestido, un jumper, sobre su blusa infaltable de seda blanca. Por eso, sin pensarlo más, él la invitó a dar un paseo por los astilleros, y los otros, codeándose, vieron cómo la infeliz aquella salía disimuladamente, seguida por su ridículo perfume a alcanfor y seguida por mí, que antes de salir le dije a alguno:
–Préstame las llaves del coche.
Y me fueron prestadas, con sonrisa cómplice, y cuando yo estaba saliendo, con el estómago revuelto, oí que alguien pronunciaba mi nombre:
–Hernán.
–Qué quieren –pregunté.
Y me dijeron la apuesta, ojo con la apuesta, y yo dije que sí, que me acordaba. Como me acuerdo de todo lo que ocurrió esa tarde, en los galpones, contra un casco a medio calafatear, y de todo lo que ocurrió al otro día, en el Nacional, cuando ante la admirada perplejidad de cuarenta muchachones yo caminé lentamente hacia el pizarrón apretando entre los dedos esa cosa, esa especie de escapulario, como un trofeo. Y me acuerdo de la mirada de la señorita Eugenia al entrar en la clase, de sus ojos pintados ridículamente de azul que se abrieron espantados, dolorosos, como de loca, y se clavaron en mí sin comprender, porque ahí, en la pizarra, había quedado colgada, balanceándose todavía, una bolsita blanca de alcanfor. 






Gacetilla Oral

¡Atención, atención!
                                     Hoy el atardecer expondrá su crepúsculo. ¡Ah! No lo busque en Google ni en la página del arte efímero. Pare, mire, silénciese.
Él está esperándolo con los brazos en cruz a lo largo del horizonte para donarse en todo su esplendor…
Palpítelo, palpítelo desde el mirador de sus ojos.
¡A usted doñita, a usted señor, a ustedes niños, novios: no se lo pierdan!


Por Oscar Villafañez





Escritos sobre las fotos de Chema Madoz
Por Adriana Rolando

Foto: Piedra en forma de huevo sobre piedra en forma de plato:
-“Seguramente este huevo fue puesto por una avestruz que lo dejó perfectamente erguido sobre el plato.
Luego de esto ella se convirtió en durísima piedra y al huevo le brotó un cierre dorado indicando que en su interior seguramente hay oro” 

-“Si pudiese abrir esa piedra cuántas historias conoceríamos de repente”-
-“Como me gustaría tener una de esas monedas de piedra”-
- Sobre un plato antiquísimo se posó orgullosa la reina de todos los tubérculos: “LA PAPA”.-


Foto: maniquí con el centímetro:
-¿Acaso se puede medir lo que vales?
-“Cuando el cuerpo y el centímetro se hallan separados encontrarán su verdadera identidad.”
-Cuerpo: Libérate del centímetro.
-“Tirador inútil para un pantalón ausente”.

Foto: Tenedores y una cuchara:
-“Hay cucharas que se sienten tenedores porque siempre se guardaron  a su lado”.


Foto: Zapatos enganchados:
-“Te pondré estos zapatos para que te quedes conmigo para siempre”


Foto: Escalera apoyada en un espejo:
Había una vez un voraz espejo que nacía en el piso de una habitación y se extendía hasta el mismo  techo enmarcado en sobrio algarrobo oscuro.
Sobre él se apoyaba una escalera de pintor.
Este espejo era tan  pero tan hambriento que comenzó a comerse a sí mismo.
La foto fue capturada cuando aún se veían tres escalones de la escalera antes que su reflejo desapareciera para siempre.


Foto: Nube en jaula:
-“Una nube encerrada en una jaula es como un copo de nieve encerrado en la heladera”.


Foto: Libro con escalera que desciende:
-“Adentrarse en un libro es como descender por una misteriosa escalera hasta llegar al corazón del autor que lo escribió”.






















¿Qué es un todero?
Por Adriana Rolando

Estimados señores y señoras:
Hoy les voy a explicar lo que es un todero, cosa muy diferente a ser un sodero.

Un”Todero” es una persona que quiere, puede, le interesa  y disfruta  de arreglar todo lo que se rompe o falla con “CASI NADA”.

Capaz de encontrarle nuevas propiedades y utilidades a tornillos, alambres, botellas plásticas y engranajes para que puedan ser agregados, entrelazados o unidos a diferentes elementos logrando el funcionamiento perfecto de máquinas y objetos desahuciados.

Capaz de hallar lo necesario en el momento preciso casi sin moverse y sin invertir dinero.

Un todero es un trabajador muy valioso  que ha logrado profundizar en las siguientes  preguntas:
-¿Qué podría utilizar para reemplazar este elemento sin comprarlo?
-¿Qué tengo por aquí que podría servirme?
-¿Cuál es la manera más sencilla de hacerlo?

Como verá Sr. Y Sra. un “TODERO” es todo un “ESPECIALISTA”

                                                                                                                                  


Sobre la Novena sinfonía de Beethoven
Música que todo lo contamina e invade”.
“Renacer de la vida y los sentidos”.
“Juego incontrolable de notas musicales”.

“Sonido embriagador e insaciable”