lunes, 20 de noviembre de 2017




Era septiembre fiesta del estudiante. Hernán había hecho una apuesta con sus compañeros. Llegó el día, “¡ojo con la apuesta!”, se escuchó...
Se pueden imaginar lo que pasó… Hernán, un pibe brillante, repulsivo, deslumbrante y hasta corrompido, no controlaba lo que hacía. Sólo dejaba salir lo que su corazón sentía. De hecho, nunca pudo olvidar...
Ahí frente el pizarrón delante de todos, le entregó su bolsita o escapulario a ella, Eugenia, la señorita, turbada, con los ojos grandes y pintados ridículamente de azul, una delatadora y lamentable profesora de Literatura, que un día no tan cualquiera salió del salón de clases llevándose para siempre las rimas, leyendas y su aroma a alcanfor...


Cristina Gil





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