Era septiembre fiesta del
estudiante. Hernán había hecho una apuesta con sus compañeros. Llegó el día, “¡ojo
con la apuesta!”, se escuchó...
Se pueden imaginar lo que pasó… Hernán,
un pibe brillante, repulsivo, deslumbrante y hasta corrompido, no controlaba lo
que hacía. Sólo dejaba salir lo que su corazón sentía. De hecho, nunca pudo
olvidar...
Ahí frente el pizarrón delante de
todos, le entregó su bolsita o escapulario a ella, Eugenia, la señorita,
turbada, con los ojos grandes y pintados ridículamente de azul, una delatadora
y lamentable profesora de Literatura, que un día no tan cualquiera salió del
salón de clases llevándose para siempre las rimas, leyendas y su aroma a
alcanfor...
Cristina Gil
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