miércoles, 1 de noviembre de 2017


El Mate. Por: Adriana Rolando 
No domino el arte de cebar mate, seguramente porque en mi casa materna, todos descendientes de españoles, no tenían esta costumbre cotidiana.
Un día, no obstante, me propuse aprender a hacerlo viendo “Utilísima”, ese programa que todo lo enseñaba.
El hecho es que mi aprendizaje no logró sus objetivos.
Mis mates siguieron pareciendo simplemente “una sopa” donde el agua no sé por qué extraña razón no quiere juntarse con la yerba, viéndose como yogur cortado.
Desde allí tomé la decisión que NO VOLVERÍA A INTENTARLO.

Los que sí son graduados en la manufactura de los mates son mis hijos.
En los estudios universitarios siempre estuvo presente este semilíquido verde y triunfal.
Cuando había que pasar la noche en vela.
Cuando se estudiaba de a pares.
Cuando se estudiaba en grupo.
Cuando se rendía libre, regular, promocional o en  la compañía de un aplazo.
Dejaron rastros de esta compañía inseparable en sus apuntes, en sus ropas y a veces en alguna quemadura fugaz.

Hoy cuando me llaman por teléfono y me dicen:
- MA….voy a tomar unos mates, andá preparando todo, saben muy bien que lo que haré es poner la pava al fuego, buscar el mate, la bombilla y la yerba y colocarla en la mesa.
Sólo tengo que esperar que lleguen para disfruta de verdaderos mates ciudadanos, esos que lucen resplandecientes porque sus hacedores conocen sus más íntimos secretos:
-¿Má se te hirvió el agua?
-Ponele un chorrito de soda.
-¿No te anda la bombilla Má?
- Golpeá el mate por abajo y empezará a funcionar.
-¿Querés que le pongamos un poco de grapa como lo hace papá?

No importa con qué se acompañe. La compañía siempre serán  palabras dichas por turno que cuentan historias saladas, dulces o picantes que sirven para engordar la vida.


                                                                                                


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