lunes, 13 de noviembre de 2017




“El día que me volví invisible”

En esta casa no hay calendarios y en mi memoria los días están hechos una maraña. Me acuerdo de esos calendarios grandes, unos primores, ilustrados con imágenes de los santos que colgábamos al lado del tocador. Ya no hay nada de eso, todas las cosas antiguas han ido desapareciendo. Y yo,  yo también me fui borrando sin que nadie se diera cuenta.
Primero me cambiaron de cuarto, pues la familia creció. Después me pasaron a otra más pequeña aun, acompañada de mi bisnieta. Ahora ocupo el cuarto de los sirvientes, el que está en el patio de atrás. Prometieron cambiarme el vidrio roto de la ventana, pero se les olvidó, y todas las noches por allí se cuela un airecito helado que aumentan mis dolores de hueso.
Desde hace mucho tiempo tenía intenciones de escribir, pero me pasaba semanas buscando una lapicera, y cuando al fin la encontraba, yo misma volvía a olvidar en dónde la había puesto. A mis años, las cosas se pierden fácilmente, claro que es una enfermedad de ellas, de las cosas, porque yo estoy segura de tenerlas, pero siempre desaparecen.
La otra tarde caí en la cuenta de que también mi voz ha desaparecido. Cuando les hablo a mis nietos o hijos, no me contestan. Todos conversan sin mirarme, como si yo no estuviera con ellos, escuchando atenta lo que dicen. A veces intervengo en la conversación segura de lo que voy a decirles, no se le ha ocurrido a ninguno que les van a servir de mucho mis consejos, pero no me oyen, no me miran, no me responden. Entonces, llena de tristeza, me retiro a mi cuarto antes de terminar de tomar mi taza de café. Lo hago de repente,  para que comprendan que estoy enojada, para que se den cuenta de que me han ofendido y vengan a buscarme y me pidan disculpa. Pero nadie viene.
El otro día les dije que cuando muriera entonces si me iban a extrañar. El niño más pequeño dijo: "¿Ah .... es que estas viva, abuela? Les cayó tan en gracia que no paraban de reír.
Tres días estuve llorando en mi cuarto, hasta que una mañana entró uno de los muchachos a sacar unas llantas viejas y ni los buenos días me dio. Fue entonces cuando me convencí de que soy invisible. Me paro en medio de la sala para ver si aunque sea estorbo, pero mi hija sigue barriendo sin tocarme. Los niños corren a mi alrededor, de un lado a otro, sin tropezar conmigo. Cuando mi yerno se enfermó, tuve la oportunidad de serle útil, le lleve un té especial que yo misma preparé. Se lo puse en la mesita y me senté a esperar que se lo tomara. Solo que estaba viendo la televisión y ni un parpadeo me indicó que se daba cuenta de mi presencia. El té poco a poco se fue enfriando, mi corazón también.
Un viernes se alborotaron niños y me vinieron a decir que al día siguiente nos iríamos todos al campo. Me puse muy contenta ¡Hacia años que no salía, y menos al campo! Entonces el sábado fui la primera en levantarme. Quise arreglar mis cosas así que me tomé mi tiempo para no retrasarlos. Al rato entraban y salían de la casa corriendo y echaban bolsas y juguetes al auto. Yo ya estaba lista y, muy alegre, me paré en el zaguán a esperarlos. Cuando arrancaron y el auto desapareció envuelto en el bullicio, comprendí que yo no estaba invitada, tal vez porque no cabía en el coche o porque mis pasos tan lentos impedirían que todos los demás corretearan a gusto por el bosque.
Sentí clarito como mi corazón se encogió. La barbilla me temblaba como cuando uno ya no aguanta las ganas de llorar.
Vivo con mi familia y cada día me hago más vieja, pero cosa curiosa, ya no cumplo años. Nadie me recuerda. Todos están tan ocupados. Yo los entiendo, ellos sí hacen cosas importantes. Ríen, gritan, sueñan, lloran, abrazan y se besan. Yo ya no sé a que saben los besos. Antes besuqueaba a los chiquitos, era un gusto enorme el que daba tenerlos en mis brazos como si fuesen míos. Sentía su piel tiernita y su respiración dulzona cerca de mí. La vida nueva se me metía como un soplo y hasta daba por cantar canciones de cuna que nunca creí recordar... Pero mi nieta, que acababa de tener a su bebé dijo que no era bueno que los ancianos besaran a los niños por cuestiones de salud. Ya no me les acerque más, no fuera ser que les pasara algo malo a causa de mi imprudencia. ¡Tengo tanto miedo de contagiarlos! Ojalá que el día de mañana, cuando lleguen a viejos... sigan teniendo esa unión entre ellos para que no sientan el frío ni los desaires. Que tengan la suficiente inteligencia para aceptar que sus vidas ya no cuentan, como me lo piden.
Y dios quiera que no se conviertan en "VIEJOS SENTIMENTALES QUE TODAVIA QUIEREN LLAMAR LA ATENCION". Y que sus hijos no le hagan sentir como bultos. Para que el día de mañana no tengan que morirse estando muertos ya desde antes... como yo lo estoy.

Por Silvia Castillejos Peral
          
Este relato lo quiero compartir porque es una realidad que a muchos adultos mayores nos pasa una vez que nos volvemos viejos. Somos invisibles para el resto de las personas. 
Jacinta Choque







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