Hernán con su ironía e hipocresía
y con el afán de cumplir la burda apuesta de conquistar a la Srta. Eugenia escribiéndole
cartas y citas de Bécquer, sabiendo de su debilidad por el poeta. Ella no sabía
de dicha apuesta, de la cual nunca se olvidarían. Esa mañana entró a clase,
como si fuese su primer día, tímida y expectante, miró el pizarrón y vio, miró
a Hernán, y ante la mirada de cuarenta muchachones se llevó la mano al pecho.
Allí estaba su especie de escapulario, una bolsita con olor alcanfor que llevaba
siempre consigo. Solo giró y se dirigió a la salida. Solo se escuchó un mar de
carcajadas, que quedó resonando en los pasillos del colegio Nacional. A las pocas
horas encontraron a la Srta. Eugenia ahorcada en el cuarto de su casa.
Me atrevo a contarlo ahora porque
ha pasado el tiempo. Nunca nadie olvidó a la Srta. Eugenia.
Por Graciela Campos
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