domingo, 5 de noviembre de 2017

Deseo compartir estos  textos  de sensibilidad hacia el otro que  nacieron de la relación profunda que podía establecer Eduardo Galeano con la gente. Con los niños en “Celebración  de  la fantasía” y con los mineros “El arte de Narrar”.
Adriana Rolando


CELEBRACIÓN DE LA FANTASÍA
Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.
Súbitamente,  se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quien una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.
 Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:
   -Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo.
   -¿Y anda bien? -le pregunté.
   -Atrasa un poco -reconoció.

Eduardo Galeano



SOBRE MI PRIMER DESAFÍO EN EL ARTE DE NARRAR
El pueblo boliviano de Llallagua vivía de la mina, y la mina devoraba a sus hijos. Metidos en los socavones, las tripas de las montañas, los mineros perseguían las vetas de estaño y en esa cacería perdían, en pocos años, los pulmones y la vida.
Yo había pasado un tiempito ahí, y me había hecho algunos amigos.
Y había llegado la hora de partir.
Estuvimos toda la noche bebiendo, los mineros y yo, cantando tristezas y contando chistes, a cual más malo.
Cuando ya estábamos cerca del amanecer, cuando poco faltaba para que el chillido de la sirena los llamara al trabajo, mis amigos callaron, todos a la vez, y alguno preguntó, o pidió, o mandó:
–Y ahora, hermanito, dinos cómo es la mar.
Yo me quedé mudo.
Insistían:
–Cuéntanos. Cuéntanos cómo es la mar.
Ninguno de ellos iba a verla nunca, todos iban a morir temprano, y yo no tenía más remedio que traerles la mar, la mar que estaba lejísimos, y encontrar palabras que fueran capaces de mojarlos.

                                                                                                   Eduardo Galeano








Por Adriana Rolando

-“Sueño: Muerte breve repleta de fantasmas”.
-“Computadora:  Estúpida veloz sin iniciativa”
-“Enamoramiento:  Enceguecimiento”.
-“Camello: Caballo con mochila incorporada”.
-“Automóvil:  Acortador de distancias”.








Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe Kinoto
de María Elena Walsh, en Cuentopos de Gulubú

Esta es la historia de una princesa, su papá, una mariposa y el Príncipe Kinoto Fukasuka. Sukimuki era una princesa japonesa. Vivía en la ciudad de Siu Kiu, hace como dos mil años, tres meses y media hora. En esa época, las princesas todo lo que tenían que hacer era quedarse quietitas. Nada de ayudarle a la mamá a secar los platos. Nada de hacer mandados. Nada de bailar con abanico. Nada de tomar naranjada con pajita. Ni siquiera ir a la escuela. Ni siquiera sonarse la nariz. Ni siquiera pelar una ciruela. Ni siquiera cazar una lombriz. Nada, nada, nada. Todo lo hacían los sirvientes del palacio: vestirla, peinarla, estornudar por… –atchís–, por ella, abanicarla, pelarle las ciruelas. ¡Cómo se aburría la pobre Sukimuki!
Una tarde estaba, como siempre, sentada en el jardín papando moscas, cuando apareció una enorme Mariposa de todos colores. Y la Mariposa revoloteaba, y la pobre Sukimuki la miraba de reojo porque no le estaba permitido mover la cabeza.
–¡Qué linda mariposapa! –murmuró al fin Sukimuki, en correcto japonés.
Y la Mariposa contestó, también en correctísimo japonés:
–¡Qué linda Princesa! ¡Cómo me gustaría jugar a la mancha con usted, Princesa!
–Nopo puepedopo –le contestó la Princesa en japonés.
–¡Cómo me gustaría a jugar a escondidas, entonces!
–Nopo puepedopo –volvió a responder la Princesa haciendo pucheros.
–¡Cómo me gustaría bailar con usted, Princesa! –insistió la Mariposa.
–Eso tampococo puepedopo –contestó la pobre Princesa.
Y la Mariposa, ya un poco impaciente, le preguntó:
–¿Por qué usted no puede hacer nada?
–Porque mi papá, el Emperador, dice que si una Princesa no se queda quieta, quieta, quieta como una galleta, en el imperio habrá una pataleta.
–¿Y eso por qué? –preguntó la Mariposa.
–Porque sípi –contestó la Princesa–, porque las Princesas del Japonpón debemos estar quietitas sin hacer nada. Si no, no seríamos Princesas. Seríamos mucamas, colegialas, bailarinas o dentistas, ¿entiendes?
–Entiendo –dijo la Mariposa–, pero escápese un ratito y juguemos. He venido volando de muy lejos nada más que para jugar con usted. En mi isla, todo el mundo me hablaba de su belleza.
A la Princesa le gustó la idea y decidió, por una vez, desobedecer a su papá. Salió a correr y bailar por el jardín con la Mariposa. En eso se asomó el Emperador al balcón y al no ver a su hija armó un escándalo de mil demonios.
–¡Dónde está la Princesa! –chilló.
Y llegaron todos sus sirvientes, sus soldados, sus vigilantes, sus cocineros, sus lustrabotas y sus tías para ver qué le pasaba.
–¡Vayan todos a buscar a la Princesa! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y allá salieron todos corriendo y el Emperador se quedó solo en el salón.
–¡Dónde estará la Princesa! –repitió.
Y oyó una voz que respondía a sus espaldas:
–La Princesa está de jarana donde se le da la gana.
El Emperador se dio vuelta furioso y no vio a nadie. Miró un poquito mejor, y no vio a nadie. Se puso tres pares de anteojos y, entonces sí, vio a alguien. Vio a una mariposota sentada en su propio trono.
–¿Quién eres? –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y agarró un matamoscas, dispuesto a aplastar a la insolente Mariposa. Pero no pudo. ¿Por qué? Porque la Mariposa tuvo la ocurrencia de transformarse inmediatamente en un Príncipe. Un Príncipe buen mozo, simpático, inteligente, gordito, estudioso, valiente y con bigotito. El Emperador casi se desmaya de rabia y de susto.
–¿Qué quieres? –le preguntó al Príncipe con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Casarme con la Princesa –dijo el Príncipe valientemente.
–¿Pero de dónde diablos has salido con esas pretensiones?
–Me metí en tu jardín en forma de mariposa –dijo el Príncipe– y la Princesa jugó y bailó conmigo. Fue feliz por primera vez en su vida y ahora nos queremos casar.
–¡No lo permitiré! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Si no lo permites, te declaro la guerra –dijo el Príncipe sacando la espada.
–¡Servidores, vigilantes, tías! –llamó el Emperador.
Y todos entraron corriendo, pero al ver al Príncipe empuñando la espada se pegaron un susto terrible. A todo esto, la Princesa Sukimuki espiaba por la ventana.
–¡Echen a este Príncipe insolente de mi palacio! –ordenó el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Pero el Príncipe no se iba a dejar echar así nomás. Peleó valientemente contra todos. Y los vigilantes se escaparon por una ventana. Y las tías se escondieron aterradas debajo de la alfombra. Y los cocineros se treparon a la lámpara. Cuando el Príncipe los hubo vencido a todos, preguntó al Emperador:
–¿Me deja casar con su hija, sí o no?
–Está bien –dijo el Emperador con voz de laucha y ojos de lauchita–. Cásate, siempre que la Princesa no se oponga.
El Príncipe fue hasta la ventana y le preguntó a la Princesa:
–¿Quieres casarte conmigo, Princesa Sukimuki?
–Sípi –contestó la Princesa entusiasmada.
Y así fue como la Princesa dejó de estar quietita y se casó con el Príncipe Kinoto Fukasuka. Los dos llegaron al templo en monopatín y luego dieron una fiesta en el jardín. Una fiesta que duró diez días y un enorme chupetín.
Así acaba, como ves, este cuento japonés.


¿Qué es la “desprincesación”?

La desprincesación apunta a poner en cuestión la representación cultural de la princesa, en tanto estereotipo de género y la posibilidad de interrogarnos acerca de este “ideal femenino” que conforma un verdadero modelo para las niñas. Encontramos textos con una mirada develadora y crítica por parte de sus autoras, que retratan a princesas rodeadas de ejércitos de sirvientes, que no actúan autónomamente, encapsuladas en castillos, alejadas del mundo real, sujetas al deseo de otros e inhabilitadas para muchas cosas, por ejemplo, jugar. Lo valioso también reside en los giros que van teniendo las historias, inspiradas en valores de emancipación y justicia, en ruptura con los mandatos.

Propuesta de escritura: narrar un día completo de la familia de la desprincesa Sukimuki y el despríncipe Kinoto.








Por Nini Tissera

Querida Manuela:

Me animo a enviarte esta carta porque siento que estoy enamorado de  vos desde que te conocí. Desde hace un mes que  sueño con la mirada de tus ojos aceituna, con tu sonrisa inmensa en tu cara oscura y con tu pelo enrulado.
Cuando trabajo me acompaña tu recuerdo y me parece que cantamos los dos. Cuando me quiero dormir me desvelo porque mi cabeza juega con vos y sueño que estás conmigo. Creo que esto es amor porque pensar en los ratos que pasamos juntos me hace profundamente feliz.
Te escribo porque soy tímido y no me animo a decírtelo en la cara pero deseo de corazón que vos también  me quieras y desees como yo compartir nuestras vidas.
Prometo amarte y serte fiel, cuidarte  como un tesoro, trabajar  para que no te falte nada  y estar a tu lado como hombre y como amigo en las buenas y las malas de la vida.
Tuyo, con mi corazón ardiente, espero tu respuesta para abrazarte luego,


Mario, albañil








La carta

Enrique Buenaventura estaba bebiendo ron en una taberna de Cali, cuando un desconocido se acercó a la mesa. El hombre se presentó, era de oficio albañil, perdone el atrevimiento, disculpe la molestia:
—Necesito que me escriba una carta. Una carta de amor.
—¿Yo?
—Me han dicho que usted puede.
Enrique no era especialista, pero hinchó el pecho. El albañil aclaró que él no era analfabeto:
—Yo puedo escribir, yo sé. Pero una carta así no sé.
—¿Y para quién es la carta?
—Para... ella.
—¿Y usted qué quiere decirle?
—Si lo sé, no le pido.
Enrique se rascó la cabeza.
Esa noche, puso manos a la obra.
Al día siguiente, el albañil leyó la carta:

—Eso —dijo, y le brillaron los ojos—. Eso era. Pero yo no sabía que era eso lo que yo quería decir.

Eduardo Galeano


Actividad: escribir esa carta de amor. 







“El mate en mi vida”, por Nini Tissera

Hace unos tres años me sentí muy ofendida cuando una vieja compañera de escuela, estando de visita en mi casa me reprochó la falta de porongo y bombilla para mate cuando muy cortésmente le ofrecí un cafecito o un té.
Ese sentimiento  se fue atemperando con el tiempo por lo intrascendente del episodio,  pero la observación de las costumbres en torno a esta infusión popular me hacen pensar hoy que ella tenía razón. En todos los hogares debe existir un mate porque es parte de nuestra identidad y tradición.
Al reflexionar sobre esta buena costumbre  he escarbado en mi memoria  para recuperar recuerdos de infancia en casa de mi abuela paterna. En esa rueda de familia circulaba un  mate alto de plata ofrecido con tortilla al rescoldo bien calentita.  En cambio, en lo de mis abuelos maternos, los mates se los cebaban, a mi abuelo mientras se  vestía antes de desayunar y salir para el trabajo. En mi casa, mi padre los tomaba después de siesta y no más de tres. Nosotros sólo mirábamos y a lo mejor, robábamos alguno frío cuando la ceremonia había terminado.
Después, cuando era joven  y con niños pequeños se me representa el rancho de Berrotarán donde pasábamos las vacaciones y una serrana vecina y amiga entrañable, Delmira, me cebaba mates exquisitos, mientras con su brazo solidario me ayudaba a lidiar con niños, pañales y cacerolas. Mates con aroma y sabor a peperina, a menta, a naranjo o a mezcla de hierbas de las que ella sola conocía nombres y propiedades.
Gratos recuerdos embriagan mi memoria de sabores dulces que dibujan en mi rostro una sonrisa, porque pareciera que el mate se emparenta solo con tiempos felices.









“Viaje a las nubes” Por Nini Tissera

Una familia numerosa tiene siempre historias divertidas sobre todo si sale de vacaciones. Recuerdo que una vez, merced a un dinero inesperado que nos había traído cierta holgura económica, decidimos cambiar nuestra rutina de vacacionar invierno y verano en el rancho de Berrotarán, por un viaje al norte en el mes de julio y tomar desde Salta, el tren a las nubes.
El proyecto nos fascinaba, los adultos programábamos los detalles del viaje y los niños echaban a volar su imaginación entre llamas, vicuñas, cerros de colores y nubes. ¡Llegar a las nubes!
Después de solicitar la tenencia del bebé de meses a mis padres, planificamos  el posible itinerario y las etapas del viaje,  consultamos sobre hoteles y donde adquirir los pasajes en tren, y pedimos un turno  para hacer controlar la mecánica de nuestro viejo coche Chevrolet que siempre tenía lugar para uno más.
El paseo coincidía con las vacaciones de los chicos y la feria judicial (mi esposo  trabajaba como abogado), y yo también tenía unos días, no había problemas. Mi mamá albergaría con gusto nuestro bebé en su casa y mi empleada la ayudaría a cuidarlo.
Planificamos la ruta, los lugares de descanso y estadía. Hicimos las reservas hoteleras tomando datos de las guías telefónicas de cada provincia que íbamos a visitar. Llamamos por teléfono a los hoteles  y enviamos cartas con  un  cheque para concretarlas. Fuimos a la estación Belgrano del ferrocarril para sacar los boletos del tren a las nubes, porque en ese entonces se podían adquirir desde allí.
También compramos una conservadora grande para llevar la vianda del viaje y finalmente armamos los bolsos. Todo parecía felizmente resuelto para comenzar esas vacaciones tan importantes en familia. Tantos días y tan lejos, una verdadera alegría.
Éramos ocho los que viajábamos, seis niños y dos adultos. Al menor de los niños le correspondía ir en mi falda, los demás,  apretados entre cuerpos, mantas y bolsos iban atrás. Siempre nuestros traslados eran iguales y estábamos acostumbrados, además los niños eran pequeños y se sentían tan contentos que cantaban y saltaban como si la parte trasera del auto fuera un parque que llegaba hasta la luneta.

La algarabía era total hasta que pasamos Deán Funes y llegamos a las salinas. De pronto y de manera inesperada,  el auto se detuvo y mi esposo exclamó: ¡me olvidé de cargar nafta!