domingo, 5 de noviembre de 2017




“Viaje a las nubes” Por Nini Tissera

Una familia numerosa tiene siempre historias divertidas sobre todo si sale de vacaciones. Recuerdo que una vez, merced a un dinero inesperado que nos había traído cierta holgura económica, decidimos cambiar nuestra rutina de vacacionar invierno y verano en el rancho de Berrotarán, por un viaje al norte en el mes de julio y tomar desde Salta, el tren a las nubes.
El proyecto nos fascinaba, los adultos programábamos los detalles del viaje y los niños echaban a volar su imaginación entre llamas, vicuñas, cerros de colores y nubes. ¡Llegar a las nubes!
Después de solicitar la tenencia del bebé de meses a mis padres, planificamos  el posible itinerario y las etapas del viaje,  consultamos sobre hoteles y donde adquirir los pasajes en tren, y pedimos un turno  para hacer controlar la mecánica de nuestro viejo coche Chevrolet que siempre tenía lugar para uno más.
El paseo coincidía con las vacaciones de los chicos y la feria judicial (mi esposo  trabajaba como abogado), y yo también tenía unos días, no había problemas. Mi mamá albergaría con gusto nuestro bebé en su casa y mi empleada la ayudaría a cuidarlo.
Planificamos la ruta, los lugares de descanso y estadía. Hicimos las reservas hoteleras tomando datos de las guías telefónicas de cada provincia que íbamos a visitar. Llamamos por teléfono a los hoteles  y enviamos cartas con  un  cheque para concretarlas. Fuimos a la estación Belgrano del ferrocarril para sacar los boletos del tren a las nubes, porque en ese entonces se podían adquirir desde allí.
También compramos una conservadora grande para llevar la vianda del viaje y finalmente armamos los bolsos. Todo parecía felizmente resuelto para comenzar esas vacaciones tan importantes en familia. Tantos días y tan lejos, una verdadera alegría.
Éramos ocho los que viajábamos, seis niños y dos adultos. Al menor de los niños le correspondía ir en mi falda, los demás,  apretados entre cuerpos, mantas y bolsos iban atrás. Siempre nuestros traslados eran iguales y estábamos acostumbrados, además los niños eran pequeños y se sentían tan contentos que cantaban y saltaban como si la parte trasera del auto fuera un parque que llegaba hasta la luneta.

La algarabía era total hasta que pasamos Deán Funes y llegamos a las salinas. De pronto y de manera inesperada,  el auto se detuvo y mi esposo exclamó: ¡me olvidé de cargar nafta!





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