“Viaje a las nubes”
Por Nini Tissera
Una familia
numerosa tiene siempre historias divertidas sobre todo si sale de vacaciones.
Recuerdo que una vez, merced a un dinero inesperado que nos había traído cierta
holgura económica, decidimos cambiar nuestra rutina de vacacionar invierno y
verano en el rancho de Berrotarán, por un viaje al norte en el mes de julio y
tomar desde Salta, el tren a las nubes.
El proyecto nos
fascinaba, los adultos programábamos los detalles del viaje y los niños echaban
a volar su imaginación entre llamas, vicuñas, cerros de colores y nubes.
¡Llegar a las nubes!
Después de
solicitar la tenencia del bebé de meses a mis padres, planificamos el posible itinerario y las etapas del
viaje, consultamos sobre hoteles y donde
adquirir los pasajes en tren, y pedimos un turno para hacer controlar la mecánica de nuestro
viejo coche Chevrolet que siempre tenía lugar para uno más.
El paseo coincidía
con las vacaciones de los chicos y la feria judicial (mi esposo trabajaba como abogado), y yo también tenía
unos días, no había problemas. Mi mamá albergaría con gusto nuestro bebé en su
casa y mi empleada la ayudaría a cuidarlo.
Planificamos la
ruta, los lugares de descanso y estadía. Hicimos las reservas hoteleras tomando
datos de las guías telefónicas de cada provincia que íbamos a visitar. Llamamos
por teléfono a los hoteles y enviamos
cartas con un cheque para concretarlas. Fuimos a la
estación Belgrano del ferrocarril para sacar los boletos del tren a las nubes,
porque en ese entonces se podían adquirir desde allí.
También compramos
una conservadora grande para llevar la vianda del viaje y finalmente armamos
los bolsos. Todo parecía felizmente resuelto para comenzar esas vacaciones tan
importantes en familia. Tantos días y tan lejos, una verdadera alegría.
Éramos ocho los que
viajábamos, seis niños y dos adultos. Al menor de los niños le correspondía ir
en mi falda, los demás, apretados entre
cuerpos, mantas y bolsos iban atrás. Siempre nuestros traslados eran iguales y
estábamos acostumbrados, además los niños eran pequeños y se sentían tan
contentos que cantaban y saltaban como si la parte trasera del auto fuera un
parque que llegaba hasta la luneta.
La algarabía era
total hasta que pasamos Deán Funes y llegamos a las salinas. De pronto y de
manera inesperada, el auto se detuvo y
mi esposo exclamó: ¡me olvidé de cargar nafta!
No hay comentarios:
Publicar un comentario