“El mate en mi vida”,
por Nini Tissera
Hace unos tres años
me sentí muy ofendida cuando una vieja compañera de escuela, estando de visita
en mi casa me reprochó la falta de porongo y bombilla para mate cuando muy
cortésmente le ofrecí un cafecito o un té.
Ese
sentimiento se fue atemperando con el
tiempo por lo intrascendente del episodio,
pero la observación de las costumbres en torno a esta infusión popular
me hacen pensar hoy que ella tenía razón. En todos los hogares debe existir un
mate porque es parte de nuestra identidad y tradición.
Al reflexionar sobre
esta buena costumbre he escarbado en mi
memoria para recuperar recuerdos de
infancia en casa de mi abuela paterna. En esa rueda de familia circulaba
un mate alto de plata ofrecido con
tortilla al rescoldo bien calentita. En
cambio, en lo de mis abuelos maternos, los mates se los cebaban, a mi abuelo
mientras se vestía antes de desayunar y
salir para el trabajo. En mi casa, mi padre los tomaba después de siesta y no
más de tres. Nosotros sólo mirábamos y a lo mejor, robábamos alguno frío cuando
la ceremonia había terminado.
Después, cuando era
joven y con niños pequeños se me
representa el rancho de Berrotarán donde pasábamos las vacaciones y una serrana
vecina y amiga entrañable, Delmira, me cebaba mates exquisitos, mientras con su
brazo solidario me ayudaba a lidiar con niños, pañales y cacerolas. Mates con
aroma y sabor a peperina, a menta, a naranjo o a mezcla de hierbas de las que
ella sola conocía nombres y propiedades.
Gratos recuerdos embriagan
mi memoria de sabores dulces que dibujan en mi rostro una sonrisa, porque
pareciera que el mate se emparenta solo con tiempos felices.
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