domingo, 5 de noviembre de 2017





“El mate en mi vida”, por Nini Tissera

Hace unos tres años me sentí muy ofendida cuando una vieja compañera de escuela, estando de visita en mi casa me reprochó la falta de porongo y bombilla para mate cuando muy cortésmente le ofrecí un cafecito o un té.
Ese sentimiento  se fue atemperando con el tiempo por lo intrascendente del episodio,  pero la observación de las costumbres en torno a esta infusión popular me hacen pensar hoy que ella tenía razón. En todos los hogares debe existir un mate porque es parte de nuestra identidad y tradición.
Al reflexionar sobre esta buena costumbre  he escarbado en mi memoria  para recuperar recuerdos de infancia en casa de mi abuela paterna. En esa rueda de familia circulaba un  mate alto de plata ofrecido con tortilla al rescoldo bien calentita.  En cambio, en lo de mis abuelos maternos, los mates se los cebaban, a mi abuelo mientras se  vestía antes de desayunar y salir para el trabajo. En mi casa, mi padre los tomaba después de siesta y no más de tres. Nosotros sólo mirábamos y a lo mejor, robábamos alguno frío cuando la ceremonia había terminado.
Después, cuando era joven  y con niños pequeños se me representa el rancho de Berrotarán donde pasábamos las vacaciones y una serrana vecina y amiga entrañable, Delmira, me cebaba mates exquisitos, mientras con su brazo solidario me ayudaba a lidiar con niños, pañales y cacerolas. Mates con aroma y sabor a peperina, a menta, a naranjo o a mezcla de hierbas de las que ella sola conocía nombres y propiedades.
Gratos recuerdos embriagan mi memoria de sabores dulces que dibujan en mi rostro una sonrisa, porque pareciera que el mate se emparenta solo con tiempos felices.






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