Deseo compartir estos textos de sensibilidad hacia el otro que nacieron de la relación profunda que podía
establecer Eduardo Galeano con la gente. Con los niños en “Celebración de la fantasía” y con los mineros “El arte de
Narrar”.
Adriana Rolando
CELEBRACIÓN DE LA FANTASÍA
Fue a la entrada del
pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo
de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un
niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una
lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no
sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.
Súbitamente, se
corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños
que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas
cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un
cóndor y quien una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban
los que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en
medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del
suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:
-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo.
-¿Y anda bien? -le pregunté.
-Atrasa un poco -reconoció.
Eduardo Galeano
SOBRE MI PRIMER DESAFÍO
EN EL ARTE DE NARRAR
El pueblo boliviano de
Llallagua vivía de la mina, y la mina devoraba a sus hijos. Metidos en los
socavones, las tripas de las montañas, los mineros perseguían las vetas de
estaño y en esa cacería perdían, en pocos años, los pulmones y la vida.
Yo había pasado un
tiempito ahí, y me había hecho algunos amigos.
Y había llegado la hora
de partir.
Estuvimos toda la noche
bebiendo, los mineros y yo, cantando tristezas y contando chistes, a cual más
malo.
Cuando ya estábamos
cerca del amanecer, cuando poco faltaba para que el chillido de la sirena los
llamara al trabajo, mis amigos callaron, todos a la vez, y alguno preguntó, o
pidió, o mandó:
–Y ahora, hermanito,
dinos cómo es la mar.
Yo me quedé mudo.
Insistían:
–Cuéntanos. Cuéntanos
cómo es la mar.
Ninguno de ellos iba a
verla nunca, todos iban a morir temprano, y yo no tenía más remedio que
traerles la mar, la mar que estaba lejísimos, y encontrar palabras que fueran
capaces de mojarlos.
Eduardo Galeano
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